FUEGOS FATUOS

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                                                                                                                                               Paisajes llaneros 


Meses atrás, mientras dos hombres luchaban por dominar la bravura de un becerro que se resistía a ser dominado, una extraña figura, observaba atento el divertido forcejeo que se libraba entre las tres bestias. Una batalla campal de lodo y arena que pronto dió termino con la aparente audacia de la bestia más artera, que aprovechando la torpeza de los peones, logró embestirles con salvaje furia y en excitada marcha continuó hacia ese ser que dominante que se erguía en el horizonte. Pero la robusta silueta, inamovible y estática, consiguió dominar la rabiosa embestida del becerro y con estilizada brutalidad logró darle vuelta arrojándolo sobre su lomo, y este, podría decirse, tan impresionado quedó ante la inhumana fuerza que lo había conquistado, que vencido se resistió a seguir luchando, y cuando llegaron los dos peones con sus chaparreras para atar al becerro, mayor fue su sorpresa al notar que el heroico personaje no era más que una robusta mujer de rasgos indígenas, y tan confundida estaba la pobre mujer después del brutal acto, que al reaccionar minutos más tarde se vio rodeada de hombres que en vitoreo y coquetería la condujeron ante el capataz, señor y dueño de la Hacienda. 

El Patrón, un minúsculo individuo. Alabado dueño de tierras y amo indiscutible de sus hombres, quien nunca contrajera matrimonio por su repelente aspecto -mofletudo y calvo- tan excitado estaba ante la amazónica dama, que ni siquiera los elogios de sus servidores, hombres toscos e ignorantes, hicieron falta para que su interés en ella empezara a incrementarse, y terminada la breve charla donde más atención puso a sus  membrudas piernas que al relato de la india lejos de su tribu, sin titubeo alguno ordenó a sus arrieros llevarla a los establos: ¡Que ella sola se encargue de las bestias!  Expresó en viril gesto, empuñando su mano a la altura de su pelada cabeza.

       Fue así como Caucaman, nombre que en su lengua natal significa gaviota y cóndor al mismo tiempo,  entre gritos de alegría y uno que otro manoseo fue aceptada en aquel recinto de hombres apestosos y malhablados. Y por algún tiempo, aquella condición de divinidad de la cual gozabá desde su nacimiento entre la gente de su raza, desafortunadamente fue representada en este nuevo contexto.

     Pero más que ser un fenómeno de circo, Caucaman era un preciado tesoro de la hacienda. Una exótica perla que se embellecía cada vez más dentro de la hermética cocha de la cerca. Y aunque cruel pareciera el trato y el aislamiento confinado que su amo le imponía, para ella no era más que la  protección contra la curiosidad aberrante de la chusma; por otro lado, esto no implicaba que el trato de todos hacia ella fuera amable y decoroso, así que los apelativos de: Mastodonte, maturranga, casihombre, empezaron a ser constantes peyorativos que las criadas de la casa inferían celosas al ver como sus hombres se excitaban cuando a ella  le tocaba lidiar con algún bovino descarriado, o más aun al notar que en las noches, el deseo frenético de sus maridos al evocarla, se sacudía furiosamente bajo las sabanas ocasionando gran deterioro en los cimientos de la hacienda; así que ofendidas y encrespadas se apresuraron en rebaño por tan libidinoso acto y ante el pigmeo jefe se quejaron. Pero el incipiente capataz,  lejos de interesarse en el descontento de las matronas o en el deseo destructivo de sus hombres, ordenó de inmediato reforzar una a una todas sus bases.

      Toneladas de madera, cemento y arena llegaron a raudales y fueron repartidos entre los culpables que sin demora alguna comenzaron los reparos. Se resarcieron vigas, se asentaron puntales, lo que había que desbarrumbarse se echo abajo y cuando fue necesario se levantaron paredes con cemento reforzado. Además, una restauración especial tuvo que llevarse a cabo en el mismísimo cuarto del capataz, que según comentó uno de los peones días después del ajuste "Poco faltó para que metro y medio de carne y hueso (sin olvidar grasa) quedaran sepultados bajo piedra, madera y tejado". 

       Cierta noche, Caucaman despertó alterada por gritos que venían de la casona. Los hombres corrían detrás de los animales que de una u otra forma habían logrado escapar de sus corrales; los peones al verse atacados, descalzos y en pantaloncillos arreaban las sogas por encima de sus cabezas intentando darles caza. Sus esposas que también hacían parte de la sublime escena,  no mejor vestidas ni menos tapadas corrían de un lado a otro perseguidas por los animales que extrañamente las habían elegido como blanco de sus furia. Algunas de ellas apenas estaban conciliando el sueño cuando sorprendidas por batracios y polluelos, no tuvieron más elección que salir huyendo con los pocos trapos que llevaban puestos perseguidas por gallinas, ranas, patos y cerdos.  El grotesco cuadro se repetía por doquier en toda la casona, y Caucaman, sabiéndose la varona de la hacienda (título honorifico que ella misma, en secreto, se había impuesto) próxima estaba a brindarles su auxilio cuando el gordo y feo capataz apareció de repente montado en su caballo, un enorme semental que lo agigantaba de forma absurda. Con machete en mano y no más que un overol medio puesto sin abotonar le ordenaba ir tras las reses que habían conseguido huir a campo abierto. Caucaman dudó. Volvió su vista queriendo participar del insólito ruedo pero ante la orden perentoria de su patrón, le siguió con pesar mientras contemplaba cómo la matrona más vieja de la hacienda, envuelta en plumas, zarandeaba sus patas ante el definitivo ataque de  los pollos.

       En medio de la oscuridad, ella, sumisa e inocente inicio la búsqueda detrás de su amo. Caminaron bastante aunque poco fue el esfuerzo que tuvo que hacer para seguir el trote pesado del penco, que más lento hacía su andar a medida que adentraban en el campo; pero varios minutos después, cuando los gritos de la hacienda dejaron de llegar y sólo se escuchaba el ruido natural del llano, un silencio arrullador, Caucaman comprendió que las escurridizas reses no existían.  La sonrisa depravada del hombrecito lo confirmaba todo. El capataz se bajó de su alzaban y lentamente se fue acercando a ella.  Así de gordo y pequeño, pensaba, parecía tan inocente e indefenso como un regordete niño esperando cometer una travesura frente su madre.  Pero cuando se fijó mejor ya la sonrisa había abandonado su rostro y daba paso a un grotesco gesto de codicia; se detuvo a pocos centímetros,  puso su dedo en la boca en señal de silencio,  y luego con mano temblorosa pero recia al mismo tiempo apretó fuertemente sus nalgas. Caucaman no reaccionó, no sabía cómo hacerlo, no en esa situación; sólo escuchaba el silbar del los grillos, el sonido del silencio mientras cerraba sus ojos y sentía el contacto trémulo de su amo. El pequeño hombre no estaba para esperas ni aprobaciones, sintiéndose dueño de la exótica india, continuó con su avariento acto y traslado aquella misma fuerza a sus voluptuosos senos, comprobando lo generoso de su carne.  Caucaman nunca había sido tocada de aquella forma. Jamás hombre alguno había mostrado interés en poseerla; en su tribu, dada su condición de deidad adquirida desde el instante mismo de su nacimiento, hicieron de ella un ser prácticamente indeseable; así que vencida por los placeres y la necesidad de sentirse amada en aquel instante se dejo caer sobre el césped y se permitió disfrutar de la fogosidad jadeante, olorosa y apresurada del primer hombre que en su vida la hacía humana.  Los ojos de victoria del Mofletudo se abrieron aun más de lo que ya podían y ante el enorme espécimen se abalanzó. Con frenesí le rompió sus vestimentas y se amamantó como un crio hambriento de su ampuloso pecho, con mas furia aun empotró su mano bajo la falda a medida que sus babosos labios la llenaban, y excitada, ella ya no pudo detenerlo; pero cuando el patrón se frenó segundos después y sus miradas se cruzaron, Caucaman pudo vislumbrar cómo sus ojos adquirían el brillo opaco de la incertidumbre.  No hacía falta explicar lo que el capataz  ya  había comprendido.  Lo que no debería estar, allí se encontraba.

LA ESCLAVA DE ARZÚ

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                                                                                                                                              Foto Bazar  

Si el mundo otrora devastado por siglos en guerra era una turbia realidad difícil de entender, Arzú en cambio era una encantadora fantasía fácil de aceptar. El Sultán y su ejército regresaban a casa como un soldado regresa ansioso a los brazos de su madre.  La ciudad era por sí misma un mundo de ensueño, embalsamada por la astucia de un hechicero para deleitar a quienes quisieran apoderarse de ella, para que, enamorados, enloquecieran como amantes correspondidos. Un mundo consagrado a Alá, el dios supremo, pero un mundo más allá de la religión, de las tribus y de los clanes. Aquí estaban las mujeres más hermosas del mundo y todas ellas hacían parte de su harem; aquí se hablaban más de cincuenta dialectos. Aquí, cada semana, en el gran mercado del reino se aglutinaban Hakas, pechenegas, mongoles, kumanes, ghuz,  persas, Abbasidas, ganevidas, Osmalies, tártaros y un interminable etcétera. Aquí, comerciaban y se relacionaban. Aquí, se estipulaban consorcios y deshacían. Aquí, bajo las tormentas abrazadoras de la arena, se paseaban tuaregs con su séquito de esclavos. Aquí los maridos consentían que sus mujeres exhibieran el oro que los certificaba como hombres ricos. Aquí y sólo aquí, en la ciudad que fuera arrebata a los infieles por su antepasado Mehmed el conquistador como ordenanza del mismísimo Mahoma, se alzaba la más célebre mezquita del imperio, una obra levantada en su conjunto con el barro de la sabana.  Un monumento ocre y severo que debía ser remodelado cada año al concluir las tormentas. Un santuario al Dios de los musulmanes, un santuario al que no tenían paso los infieles, y que disponía de tres entradas, una para los ricos, otra para los pobres y una tercera para los conversos. Su poderoso imperio se expandía entre todas las tierras conocidas por el hombre y tras cada conquista, el Sultán, conocido entre sus enemigos como el magnífico y entres sus vasallos como el codificador, daba la orden de convertir sus iglesias en mezquitas para agradecer a Alá por sus bendiciones. El Sultán, sabio y astuto, se percató que imponer nuevas creencias entre ortodoxos griegos, judíos, católicos y protestantes provocaría rebeliones difíciles de controlar incluso para un Monarca Universal; por eso había tomado la  decisión de  permitir que  sus nuevos  vasallos  mantuvieran sus costumbres más arraigadas.
      Con tal de que me juren lealtad —dijo a su corte en una ocasión. Sus almas podrán pertenecer al dios que se les dé la gana. Un Sultán podía ser un mago en el mundo real, pero así mismo también podría ser un hechicero en un universo soñador, y por derecho divino y poder terrenal, podría ser el Sultán de dos imperios contrapuestos. Uno fiel espejo del otro. Uno que durante el día se expandía conforme a sus campañas y conquistas preconcebidas con astucia y malicia en el reino de sus sueños, y otro, que en las noches rivalizaría en envergadura y magnificencia con Arzú, aunque la ciudad, ambiguamente, fuera la capital de sus dos reinos, puesto que en ella vivía su amada Roxelanne, la esclava de sus sueños. La única parte del mundo donde podía soñarla y hacerla real.
         —La mejor forma para que una mujer pueda satisfacer a un hombre —decía el magnífico es conociendo las artes del encantamiento y del placer. Debe saber escribir. Hacerlo a la perfección. —El Sultán era amante de la poesía; podía escribir inmediatamente un poema de amor a su mujer tras matar a mil hombres con sus propias manos. —Debe saber dibujar  —continuaba— producir música con copas de vino y naturalmente debe ser una virtuosa en la disciplina de enterrar las uñas en la piel. Y Roxelanne o Hürrem —como le gustaba llamarla en sus sueños y que en la lengua onírica de el magnífico significaba sonrisa— era la única capaz de utilizar tal arte en el arte del amor, logrando producir gozo donde debería manar dolor, consiguiendo mansedumbre donde debiera brotar locura; y es que cada mañana, al despertar y dirigirse a las albercas reales para que sus otras esposas  lo ungieran con distintos aceites y fragancias: Algalias, violetas, magnolias, azucenas, fluidos extraídos de la savia de árboles turcos, chipriotas y chinos, sus esposas, hermosas y bellas pero menos hábiles con las manos, contemplaban con recelo las marcas de ungulación que Roxelanne le producía en las noches, marcas de uñas que mágicamente penetraban en la piel del Sultán más profundo que las flechas y las espadas del enemigo. Si hubiesen podido eliminarla lo habrían hecho sin consideración alguna. La odiaban por robar sus privilegios. ¿Cómo podía preferir el magnífico, Shaa en Bagdad, César en Bizancio y Sultán en Egipto, la compañía de una mujer Intangible? Tanta era la obsesión de el magnífico por la amada de sus sueños que decretó una ley para que cada vez que su nombre fuera pronunciado en el Harem o en el resto del impero, se llamara a Roxelanne: la karima, nombre otomano que significaba «primera de entre las favoritas». Y así empezó a llamarse a la amante, que por obvias razones también era la Sultana de los dos reinos. La corte por el contrario prefería  llamarla en secreto la bruja.
            Aunque feroz y ambicioso, el sultán era lo suficientemente sabio para saber escuchar consejos, y su más próximo consejero era un esclavo de origen cristiano, su aliado de la infancia Ibrahim el griego, que fue escalando posiciones hasta llegar a ser gran visir del imperio. Su antepasado Mehmed, en cuanto hubo arrebatado la ciudad del enemigo promulgó dos importantes leyes: primero llamó a su tierra conquistada Arzú.  Segundo instauro la Devshirme, industria en la que se basaba el poder del Sultán: el Imperio reclutaba niños de familias cristianas, que después eran comprometidos a convertirse al Islam para ser adestrados como soldados de élite, con la esperanza de crear una clase de soldados leales sólo al sultán. Pero en el éxtasis de sus sueños, mientras el magnífico entretenía a la hermosa Hürrem con historias y hazañas de su fiel amigo, ella, insaciable y voraz, pretendía cosas infinitamente más grandes y sobrehumanas, decidiendo secretamente el destino de Ibrahim.
      El griego, el hombre que lo sabía todo después del Sultán, los cincuenta idiomas extranjeros, los secretos a medio murmurar y las costumbres de los espías, la verdad sobre los cuarenta días de Jesucristo en el desierto, según se decía por revelación propia del Arcángel Gabriel. Quien conocía el tamaño de las estrellas, la historia secreta de Mahoma, junto con el número exacto de discípulos de su majestad, se encontraba una soleada mañana en el pabellón cuando recibió la visita inesperada de él magnifico. Reclinado en alfombras y almohadones, un hombre flaco y delgado como una espiga meditaba en silencio. El Pabellón, había decidido el Sultán, sería un templo revolucionario dedicado a la filosofía y las ciencias, y nadie mejor para presidirlo que el gran visir, su viejo esclavo y amigo. Sería un templo del silencio, donde sólo podía hablarse siguiendo la línea de pensamiento de el griego, y quien errará, inmediatamente sería colgado por insolencia e ignorancia. El Sultán esa mañana se sentía enamorado; quería recordar a todo su reino que él estaba por encima de los demás. Así que, uno frente al otro, en el vacío pabellón del silencio, a excepción de los dos hombres más poderosos del imperio, el reto comenzó. —Sólo cuando se acepta la muerte y que su proximidad es una realidad —Pensó el gran visir— tomaremos conciencia de las realidades de la vida y lo invalorable de esa verdad.  —Una contradicción mi viejo amigo —respondió el Sultán segundos después— pero una farsa al fin y al cabo, una farsa más con la que un hombre cualquiera podría  engañarnos a todos con supuesta sensatez; la pasión puede confundirse con violencia querido Ibrahim, vida y muerte, no son más que espejos contrapuestos, y dichas exageraciones de tales reflejos nuestros actos. En la muerte reside el sentido de la vida y todo se puede malinterpretar.
      Un tirante silencio se impuso en el pabellón. El visir hizo una mueca. Una gota de repente resbaló por su mejilla y sólo cuando el sultán soltó una carcajada  la tensión en su rostro despareció —Señor, vuestra sabia presencia constantemente nos ampara—.  Al día siguiente el sultán partió temprano en la mañana, no si antes disfrutar de las atenciones del gran visir. Tuvieron tiempo de recordar batallas y de disfrutar de los mejores vinos del imperio. Le encargó poner fin a una pequeña revuelta hacia el oeste y enfatizó el uso de cañones, una estrategia que Roxelanne le reveló en sueños anteriores pero que el sultán decidió no revelar  —Ahorrad fuerzas  —aconsejó el sultán antes de partir— desde ayer os veo algo tenso y cansado. 
               Imaginad —decía Roxelanne al sultán mientras caminaban por los jardines oníricos, deslumbrantes jardines incluso más que los colgantes de la antigua Babel— sí paseásemos en los sueños de otros hombres y descubriésemos sus más oscuros deseos? —Luego, ciñéndose sumisa y encantadora a él continuó en un susurro— ¿Si pudiésemos, de alguna forma, hacerlos uno con los nuestros, o si el mundo entero, irrumpiera en un solo sueño comunal?    —El sultán frunciendo el ceño la rechazó bruscamente con ambas manos           — ¿Habéis soñado con hombres? ¿Cuántos? —Le inquirió amenazante — ¿Acaso osáis entrar en ellos mientras yo conquisto tierras en vuestro nombre? ¿Hay hombres a quienes deba eliminar?  —La amistad no es norma por la que un sultán deba regirse  —acusaba Hurrem a el magnífico, optando ahora una posición desafiante —Esclavos y subordinados se rebelan ante mandatarios con ideales dignos de princesas y concubinas; el bueno de Ibrahim, vuestro consejero predilecto es el más firme candidato para sucederos. El bribón sueña con sanguinarios métodos de asesinato; le he visto, si,  soñando con «la Muerte de los mil y un corte». Atándoos a un poste, cortando luego sistemáticamente las partes de vuestro cuerpo, arrojando los pedazos mutilados a vuestros pies, para que consciente aún con la ayuda del opio, veáis con ojos propios cómo vuestro cuerpo se deshace. —Habiendo enterrado el aguijón, decidida estaba a inyectar el veneno— Un Soberano debe tomar en consideración el bien del reino por encima de la amistad.  Era verdad admitió en silencio el sultán; concebía demasiadas esperanzas en un esclavo y en la devoción de su afecto.  La noche siguiente, el griego era conducido a través del desierto ante su presencia. No, no estaba dispuesto a dejarse eliminar por un miserable. Él era el más grande Sultán de todos los tiempos. El gran shaa emperador de los sueños. No permitiría que ningún hombre jugara con él.

           Amanecía. Al otro lado del umbral, en la sublime Arzú, Hürrem, con velas de sebo en lamparillas de hierro  encendía las antorchas del palacio. El aceite ardía lentamente y su sombra por primera vez se veía reflejada sobre la piedra, como meditando en movimiento al compás de un ritual. Sabía que poco a poco se materializaba, que se hacía visible para muchos en cada uno de sus sueños, porque su coexistencia dependía de ello. En la Arzú real, la visión de dos hombres se ponía a prueba.  —Son muchos los secretos que os preceden —decía el magnífico— imposible es seguir confiando en un hombre cuya historia no es real. Ibrahim el griego sentía el frio de la hoja de metal oculta en su espalda. Contuvo la respiración. Mediante el uso adecuado de encantos, Roxelanne había logrado provocar que los dos hombres más unidos del imperio cayeran en sus brazos. Si un hombre había podido soñarla, a su debido turno todos los demás también. Los tiempos cambiaban y ella quería sobrevivir a esa metamorfosis. La magia, aprendió rápidamente, actuaba con premura sobre los hombres enamorados. Cuando le hacían el amor, sus fantasías eran lo que la alimentaban, y aunque tanto tiempo con soñadores románticos le habían desgastado, al final la respuesta se presentó: debía enviar el fruto de su propia fantasía al otro lado. Esta sería su historia y en sus entrañas se gestaba. 

CRÓNICAS CIRCENSES

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                                                                                                       Enlace
 LA GUERRA DE LOS ENANOS

Empezó con un nacimiento. Luego una traición. Nadie pudo predecirlo en ese entonces.  Como la luz tenebrosa de la luna que alumbraba sobre los densos bosques, el hijo aún no nacido del rey infundía esperanzas en aquellos momentos de oscuridad,  igual que una tea que destella en un horizonte cercano. Pero lejos, más allá, fuera de aquel manto blanco, en una torre que flotaba sobre la nieve como un barco olvidado a mitad del mar,  mi madre aulló, grito de dolor.
         Era medianoche, el cielo estaba despejado y claro, salpicado de estrellas. Toda Germania, dura y congelada, parecía estar bajo el dominio de Yule, señor del invierno, y como a todo germano parido bajo la fría luz de la luna, se me había enseñado que los viejos dioses solían reinar con dureza sobre la vida de sus guerreros, aunque a todos nos parecía que la dureza se convertía en olvido con el devenir de los años. El sol se escondía bajo una gruesa capa de nubes durante el día, lo que impedía el deshielo. A cambio de eso, se nos permitió crecer escuchando los lejanos ecos que nos brindaban los furiosos vientos, la sombría y traicionera noche, y los insectos del inframundo que de vez en cuando nos recordaban que todo bajo tierra parecía ser mucho más ameno. Fría, dolorosa, letal, así se nos mostraba siempre la luna, y a quienes soportamos la furia helada de aquella desventurada noche y sobrevivimos luego para dar testimonio de las perfidias cometidas —me doy cuenta ahora— nos sería destinada una eternidad en el infierno tras una dolorosa y longeva vida de redención.
         Grandes carámbanos colgaban de los arcos de las puertas, de los techos y de las rendijas por donde penetraba el viento. Si alguien se quedaba quieto por mucho tiempo, ese aire concentrado empezaba a formar pedazos de hielo, más o menos largos y puntiagudos bajo sus narices. Las sacerdotisas tullidas y temblorosas que presidían el parto arrojaban huesos a irregulares círculos pintados en el suelo con sangre de becerros para presagiar la hora del nacimiento; pero conforme los huesos caían inmediatamente se congelaban o eran arrastrados por los fuertes vientos que arremetían contra la torre. Las mujeres suelen morir durante el parto. Aún en nuestros tiempos pasa con mucha frecuencia y hasta en las cavernas de un calabozo como este llegan tales noticias. El don de traer vida concedido por Dios nuestro señor es un Honor que reclama sacrificios, y esa fría noche, las sacerdotisas que atendían el nacimiento no eran más que vulgares parteras que muchas veces sólo  habían conseguido traer al mundo crías muertas.
            Mi madre grito de nuevo, el dolor aumentó.
         Y por Dios, ¡Cómo sufrió mi madre esa noche! En ocasiones, sacaba fuerzas para contener su dolor, pero en otras parecía que sus caderas terminarían cediendo ante la fuerza del príncipe nonato. Cuando los gritos cesaban, un silencio desgarrador se extendía por todos los recovecos de la vieja torre. Era entonces cuando su esposo escondía su enorme cabeza entre las rodillas como si fuera un chiquillo que se ocultara de hordas enemigas. En el fondo, entre la angustia y el miedo su deseo no era más que oír el eco de su primogénito propagándose a través del silencio. En aquellos intervalos de calma no era raro confundir el chillar de las ratas amplificado por los vientos con los agudos gritos de un recién nacido, y muchos alzábamos la cabeza repetidamente llenos de esperanza e ilusiones creyendo en tal error, hasta que los gritos de mi madre rompían de nuevo en agonía para obligarnos a todos  a hundir nuestras cabezas buscando sosiego con el ardor de muestras oraciones.
         —Mi señor, es mejor que vuestra humanidad espere bajo el seguro abrigo de la fortaleza— susurró uno de sus criados.
        Pero Roderick  farfulló algo ininteligible, movió la mano en un ademan despectivo y un impulso de tos le acosó bruscamente; tardó un momento en reponerse, escupió a la tierra, nos miró fríamente y con un orgullo renovado se irguió firme en su silla. Roderick, el desgastado  líder del clan y señor de las tierras hasta los bosques del norte dio a entender que no se alejaría ni un solo paso hasta que su hijo, varón con ayuda de los dioses, alumbrara finalmente este mundo. Pero su criado, un hombre viejo y zalamero hasta los dientes de nombre Belgum tenía razón; el Jefe no se encontraba en condiciones de esperar y soportar el frío en sus huesos, y menos de gastar sus energías en oraciones a dioses que no escuchaban. El descompuesto jefe estaba enfermo. Demacrado. La sensación de la muerte ya no era una sombra que lo persiguiera; al contrario, era por más un demonio al acecho. Necesitaba un hijo pronto, un sucesor que mantuviera su legado unido, alguien que lo perpetuara, o mejor aún, pensó: un recipiente donde reencarnar, un nuevo cuerpo donde su alma se posara para continuar disfrutando de mi madre y de la grata y delirante tarea de asesinar.         
         — ¿Qué hacer Belgum? —Pregunto  Roderick  — Mi hijo debería haber nacido ya, pero en cambio, esa mujer pareciera querer retenerlo en sus entrañas para que se pudra.  ¿Acaso los Dioses reclaman algo? ¿no están complacidos? —Y esas repugnantes sacerdotisas,  ¿Qué hacen, para qué demonios las traje?
        —Todo señor  —respondió el criado. —hacen cuanto pueden, no hay razones lógicas para que vuestro hijo no se encuentre ya entre nosotros.  Quizás sí  —y se detuvo un instante reparando de pronto en mi presencia.  —Un sacrificio; si mi señor, quizás un sacrificio sea del agrado de  los dioses, la vida de un niño a cambio de otra, es lo que reclama el ritual ¿no?

INSTINTOS

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                                                                       foto enlazada

Debéis saber que soy el dibujo de una salamandra pero que no soy una pintura cualquiera. Os aclaro que estoy dibujada sobre la blanca piedra y que fui pensada para decorar este cuarto que en ocasiones pareciera más un ligero bosquejo que el lugar donde alguien debiera reposar todas las noches. También es verdad que de vez en cuando lloro, y lo hago porque la ausencia de mi amo me duele sobremanera. Pero hoy no voy a hablaros de él; por el contrario, os contaré un poco más de las verdades de su espacio. Mi morada.
Antes de empezar os pido disculpas por no presentarme correctamente; como habéis escuchado soy la salamandra y seré lo primero que veréis cuando abráis esa puerta. Soy negra como la noche, pero de mi piel grandes manchas amarillas se desprenden como los rayos de luz que a medio día iluminan vuestras cabezas; así que si me veis tened cuidado: mis colores advierten que el veneno se agita por mis venas. Estoy pintada sobre una gran circunferencia color marrón que quizá no signifique demasiado, más creo fue sólo el capricho de mi amo lo que le impulsó a plasmarlo. Convencida estoy también que al notar la soledad de mi entorno quiso enriquecerlo, y acertadamente dispuso burbujas de jabón a mí alrededor, (digo de jabón porque así me gusta imaginarlas) y para hacerlas más llamativas y especiales, sobre cada una de ellas colocó las fotos de sus mujerzuelas amadas, sospecho ahora para que yo, al verlas, no vaya a envenenarlas.
Aclaro que no soy la única extrañeza de este recinto ni su peculiaridad más preciada. Es cierto que soy la que goza de mayor excelsitud por mi belleza y tamaño, pero las distracciones abundan en este cuarto y ocasionalmente soy desplazada de sus más recónditos pensamientos, claro, eso y cuando la fortuna lo trae de regreso. A mi izquierda se encuentra ubicado su escritorio, pulcro y alineado, uno de esos antiguos escritorios de cajones grandes y robusta madera que recuerdan hermosos robles, y a decir verdad, siento constantes celos cuando pasa horas allí sentado. De igual forma sucede cuando me da su espalda y se concentra en ese extraño aparato que pareciera invocado desde el mismísimo infierno: atraído por la tentación y el vicio se postra al borde de la cama y la realidad se difumina de sus ojos con esas imágenes que transcurren pálidamente. Entonces, eso que llaman realidad virtual lo absorbe por completo y muy rara vez se voltea para recordar mi belleza y degustar su creación.
Pero aquellas cosas, vanas y materiales no son lo que más me hincha de rabia, puesto que aquellos fútiles instrumentos jamás podrían enorgullecerlo tanto como yo. Es por el contrario un pequeño muñeco de trapo que alguna perendeca le regaló en uno de sus constantes viajes lo que realmente logra desquiciarme, y aunque él arguya entre sus allegados que sólo lo conserva como un aislado recuerdo, soy yo la que realmente sabe qué tan hondo cala esa cosa dentro de su alma. Es en las noches, cuando se recuesta bajo mi regazo, cansado y consumido por la tenacidad del día, que se queda largas horas admirándolo, e hipnotizado por el color sucio y desteñido de aquella infame baratija, un color insípido que en nada se compara con la majestuosidad de mis líneas, que puedo notar cómo se pierde dentro de sus pensamientos. Entonces, la pregunta de repente retumba con fuerza dentro de esta habitación:
¿Qué tan lejos sueña mi amo?
Conocéis ahora un poco más el lugar donde habito, el resto no es más que madera muerta y piedra caliza, aunque de esto saco ventajas, sobre todo cuando escucho crujir la madera bajo el peso de un cuerpo que se aproxima. Así, sutilmente, puedo volver mis ojos a su posición original y dejar de contemplar los insectos que seductoramente revolotean alrededor de la bombilla, o de aquellos que tercamente insisten en chocar contra la transparencia de la ventana. Conocéis también un poco de mí y de las preferencias de mi amo, pero lo que no os confesé y de lo cual espero guardéis el secreto, sin razón de que lo comprendáis, es que a veces, cuando pasa largas horas contemplando aquella inmundicia entre sus manos, en contra de la fidelidad y el respeto, me nacen sinceros deseos de envenenarlo.