LA ESCLAVA DE ARZÚ
Si el mundo
otrora devastado por siglos en guerra era una turbia realidad difícil de
entender, Arzú en cambio era una encantadora
fantasía fácil de aceptar. El Sultán y su ejército regresaban a casa como un
soldado regresa ansioso a los brazos de su madre. La ciudad era por sí misma un mundo de
ensueño, embalsamada por la astucia de un hechicero para deleitar a
quienes quisieran apoderarse de ella, para que, enamorados, enloquecieran como
amantes correspondidos. Un mundo consagrado a Alá, el dios supremo, pero un
mundo más allá de la religión, de las tribus y de los clanes. Aquí estaban las
mujeres más hermosas del mundo y todas ellas hacían parte de su harem; aquí se
hablaban más de cincuenta dialectos. Aquí, cada semana, en el gran mercado del
reino se aglutinaban Hakas, pechenegas, mongoles, kumanes, ghuz, persas, Abbasidas, ganevidas, Osmalies,
tártaros y un interminable etcétera. Aquí, comerciaban y se relacionaban. Aquí,
se estipulaban consorcios y deshacían. Aquí, bajo las tormentas abrazadoras de
la arena, se paseaban tuaregs con su séquito de esclavos. Aquí los maridos consentían
que sus mujeres exhibieran el oro que los certificaba como hombres ricos. Aquí
y sólo aquí, en la ciudad que fuera arrebata a los infieles por su antepasado Mehmed
el conquistador como ordenanza del
mismísimo Mahoma, se alzaba la más célebre mezquita del imperio, una obra
levantada en su conjunto con el barro de la sabana. Un monumento ocre y severo que debía ser
remodelado cada año al concluir las tormentas. Un santuario al Dios de los
musulmanes, un santuario al que no tenían paso los infieles, y que disponía de tres
entradas, una para los ricos, otra para los pobres y una tercera para los
conversos. Su poderoso imperio se expandía entre todas las tierras conocidas
por el hombre y tras cada conquista, el Sultán, conocido entre sus enemigos
como el magnífico y entres sus
vasallos como el codificador, daba la
orden de convertir sus iglesias en mezquitas para agradecer a Alá por sus bendiciones.
El Sultán, sabio y astuto, se percató que imponer nuevas creencias entre ortodoxos
griegos, judíos, católicos y protestantes provocaría rebeliones difíciles de
controlar incluso para un Monarca Universal; por eso había tomado la decisión de permitir que sus nuevos vasallos
mantuvieran sus costumbres más arraigadas.
— Con tal de que me
juren lealtad —dijo a su corte en una ocasión. — Sus almas podrán pertenecer al dios que se les dé la gana.
Un Sultán podía ser un mago en el mundo real, pero así mismo también podría
ser un hechicero en un universo soñador, y por derecho divino y poder terrenal,
podría ser el Sultán de dos imperios contrapuestos. Uno fiel espejo del otro. Uno
que durante el día se expandía conforme a sus campañas y conquistas
preconcebidas con astucia y malicia en el reino de sus sueños, y otro, que en
las noches rivalizaría en envergadura y magnificencia con Arzú, aunque la ciudad, ambiguamente, fuera la capital de sus dos
reinos, puesto que en ella vivía su amada Roxelanne, la esclava de sus sueños. La
única parte del mundo donde podía soñarla y hacerla real.
—La
mejor forma para que una mujer pueda satisfacer a un hombre —decía el magnífico— es conociendo las artes del
encantamiento y del placer. Debe saber escribir. Hacerlo a la perfección. —El Sultán era amante de la poesía;
podía escribir inmediatamente un poema de amor a su mujer tras matar a mil
hombres con sus propias manos. —Debe saber dibujar —continuaba— producir
música con copas de vino y naturalmente debe ser una virtuosa en la disciplina de
enterrar las uñas en la piel. Y Roxelanne
o Hürrem —como le gustaba llamarla en
sus sueños y que en la lengua onírica de el
magnífico significaba sonrisa— era la única capaz de utilizar tal arte en
el arte del amor, logrando producir gozo donde debería manar dolor, consiguiendo
mansedumbre donde debiera brotar locura; y es que cada mañana, al despertar y
dirigirse a las albercas reales para que sus otras esposas lo ungieran con distintos aceites y fragancias:
Algalias, violetas, magnolias, azucenas, fluidos extraídos de la savia de árboles
turcos, chipriotas y chinos, sus esposas, hermosas y bellas pero menos hábiles
con las manos, contemplaban con recelo las marcas de ungulación que Roxelanne le
producía en las noches, marcas de uñas que mágicamente penetraban en la piel
del Sultán más profundo que las flechas y las espadas del enemigo. Si hubiesen
podido eliminarla lo habrían hecho sin consideración alguna. La odiaban por
robar sus privilegios. ¿Cómo podía preferir el
magnífico, Shaa en Bagdad, César en Bizancio y Sultán en Egipto, la
compañía de una mujer Intangible? Tanta era la obsesión de el magnífico por la amada de sus sueños que decretó una ley para que
cada vez que su nombre fuera pronunciado en el Harem o en el resto del impero, se
llamara a Roxelanne: la karima, nombre otomano que significaba
«primera de entre las favoritas». Y así empezó a llamarse a la amante, que por obvias
razones también era la Sultana de los dos reinos. La corte por el contrario prefería llamarla en secreto la bruja.
Aunque feroz y ambicioso,
el sultán era lo suficientemente sabio para saber escuchar consejos, y su más
próximo consejero era un esclavo de origen cristiano, su aliado de la infancia
Ibrahim el griego, que fue escalando posiciones
hasta llegar a ser gran visir del imperio. Su antepasado Mehmed, en cuanto hubo arrebatado la ciudad
del enemigo promulgó dos importantes leyes: primero llamó a su tierra
conquistada Arzú. Segundo instauro la Devshirme, industria en
la que se basaba el poder del Sultán: el Imperio reclutaba niños de familias
cristianas, que después eran comprometidos a convertirse al Islam para ser adestrados
como soldados de élite, con la esperanza de crear una clase de soldados leales
sólo al sultán. Pero en el éxtasis de sus sueños, mientras el magnífico entretenía a la hermosa Hürrem con historias y hazañas de su fiel amigo, ella, insaciable y
voraz, pretendía cosas infinitamente más grandes y sobrehumanas, decidiendo
secretamente el destino de Ibrahim.
El
griego, el hombre que lo sabía todo después del Sultán, los cincuenta
idiomas extranjeros, los secretos a medio murmurar y las costumbres de los
espías, la verdad sobre los cuarenta días de Jesucristo en el desierto, según
se decía por revelación propia del Arcángel Gabriel. Quien conocía el tamaño de
las estrellas, la historia secreta de Mahoma, junto con el número exacto de
discípulos de su majestad, se encontraba una soleada mañana en el pabellón
cuando recibió la visita inesperada de él
magnifico. Reclinado en alfombras y almohadones, un hombre flaco y delgado
como una espiga meditaba en silencio. El Pabellón, había decidido el Sultán,
sería un templo revolucionario dedicado a la filosofía y las ciencias, y nadie
mejor para presidirlo que el gran visir, su viejo esclavo y amigo. Sería un templo
del silencio, donde sólo podía hablarse siguiendo la línea de pensamiento de el griego, y quien errará, inmediatamente
sería colgado por insolencia e ignorancia. El Sultán esa mañana se sentía
enamorado; quería recordar a todo su reino que él estaba por encima de los
demás. Así que, uno frente al otro, en el vacío pabellón del silencio, a
excepción de los dos hombres más poderosos del imperio, el reto comenzó. —Sólo
cuando se acepta la muerte y que su proximidad es una realidad —Pensó el gran
visir— tomaremos conciencia de las realidades de la vida y lo invalorable de esa
verdad. —Una contradicción mi viejo
amigo —respondió el Sultán segundos después— pero una farsa al fin y al cabo,
una farsa más con la que un hombre cualquiera podría engañarnos a todos con supuesta sensatez; la pasión puede confundirse con violencia querido Ibrahim, vida y muerte, no son más que espejos contrapuestos, y dichas exageraciones
de tales reflejos nuestros actos. En la muerte reside el sentido de la vida y
todo se puede malinterpretar.
Un tirante silencio se impuso en el pabellón. El visir hizo
una mueca. Una gota de repente resbaló por su mejilla y sólo cuando el sultán
soltó una carcajada la tensión en su
rostro despareció —Señor, vuestra sabia
presencia constantemente nos ampara—. Al día siguiente el sultán partió temprano
en la mañana, no si antes disfrutar de las atenciones del gran visir. Tuvieron
tiempo de recordar batallas y de disfrutar de los mejores vinos del imperio. Le
encargó poner fin a una pequeña revuelta hacia el oeste y enfatizó el uso de
cañones, una estrategia que Roxelanne le reveló en sueños anteriores pero que
el sultán decidió no revelar —Ahorrad
fuerzas —aconsejó el sultán antes de
partir— desde ayer os veo algo tenso y cansado.
Imaginad —decía Roxelanne al sultán mientras
caminaban por los jardines oníricos, deslumbrantes jardines incluso más que los
colgantes de la antigua Babel— sí paseásemos en los sueños de otros hombres y
descubriésemos sus más oscuros deseos? —Luego, ciñéndose sumisa y encantadora a
él continuó en un susurro— ¿Si pudiésemos, de alguna forma, hacerlos uno con
los nuestros, o si el mundo entero, irrumpiera en un solo sueño comunal? —El
sultán frunciendo el ceño la rechazó bruscamente con ambas manos — ¿Habéis soñado con hombres? ¿Cuántos?
—Le inquirió amenazante — ¿Acaso osáis entrar en ellos mientras yo conquisto tierras
en vuestro nombre? ¿Hay hombres a quienes deba eliminar? —La amistad no es norma por la que un sultán
deba regirse —acusaba Hurrem a el magnífico, optando ahora una posición desafiante —Esclavos y
subordinados se rebelan ante mandatarios con ideales dignos de princesas y
concubinas; el bueno de Ibrahim, vuestro consejero predilecto es el más firme
candidato para sucederos. El bribón sueña con sanguinarios métodos de asesinato;
le he visto, si, soñando con «la Muerte de los mil y un corte». Atándoos a un poste,
cortando luego sistemáticamente las partes de vuestro cuerpo, arrojando los
pedazos mutilados a vuestros pies, para que consciente aún con la ayuda del
opio, veáis con ojos propios cómo vuestro cuerpo se deshace. —Habiendo
enterrado el aguijón, decidida estaba a inyectar el veneno— Un Soberano debe
tomar en consideración el bien del reino por encima de la amistad. Era verdad admitió
en silencio el sultán; concebía demasiadas esperanzas en un esclavo y en la
devoción de su afecto. La noche
siguiente, el griego era conducido a
través del desierto ante su presencia. No, no estaba dispuesto a dejarse
eliminar por un miserable. Él era el más grande Sultán de todos los tiempos. El
gran shaa emperador de los sueños. No permitiría que ningún hombre jugara con
él.
Amanecía. Al otro lado del umbral,
en la sublime Arzú, Hürrem, con velas de sebo en lamparillas de hierro encendía las antorchas del palacio. El aceite
ardía lentamente y su sombra por primera vez se veía reflejada sobre la piedra,
como meditando en movimiento al compás de un ritual. Sabía que poco a poco se materializaba, que se hacía visible
para muchos en cada uno de sus sueños, porque su coexistencia dependía de ello.
En la Arzú real, la visión de dos hombres se ponía a prueba. —Son muchos los secretos que os preceden —decía
el magnífico— imposible es seguir
confiando en un hombre cuya historia no es real. Ibrahim el griego sentía el
frio de la hoja de metal oculta en su espalda. Contuvo la respiración. Mediante
el uso adecuado de encantos, Roxelanne había logrado provocar que los dos hombres
más unidos del imperio cayeran en sus brazos. Si un hombre había podido
soñarla, a su debido turno todos los demás también. Los tiempos cambiaban y ella
quería sobrevivir a esa metamorfosis. La magia, aprendió rápidamente, actuaba
con premura sobre los hombres enamorados. Cuando le hacían el amor, sus fantasías
eran lo que la alimentaban, y aunque tanto tiempo con soñadores románticos le habían desgastado, al final la respuesta se presentó: debía enviar el fruto de su
propia fantasía al otro lado. Esta sería su historia y en sus entrañas se gestaba.
CRÓNICAS CIRCENSES
LA GUERRA DE LOS ENANOS
Empezó con un nacimiento. Luego una traición. Nadie
pudo predecirlo en ese entonces. Como la
luz tenebrosa de la luna que alumbraba sobre los densos bosques, el hijo aún no
nacido del rey infundía esperanzas en aquellos momentos de oscuridad, igual que una tea que destella en un
horizonte cercano. Pero lejos, más allá, fuera de aquel manto blanco, en una
torre que flotaba sobre la nieve como un barco olvidado a mitad del mar, mi madre aulló, grito de dolor.
Era medianoche, el cielo estaba despejado y claro, salpicado de
estrellas. Toda Germania, dura y congelada, parecía estar bajo el dominio de
Yule, señor del invierno, y como a todo germano parido bajo la fría luz de la
luna, se me había enseñado que los viejos dioses solían reinar con dureza sobre
la vida de sus guerreros, aunque a todos nos parecía que la dureza se convertía
en olvido con el devenir de los años. El sol se escondía bajo una gruesa capa
de nubes durante el día, lo que impedía el deshielo. A cambio de eso, se nos
permitió crecer escuchando los lejanos ecos que nos brindaban los furiosos
vientos, la sombría y traicionera noche, y los insectos del inframundo que de
vez en cuando nos recordaban que todo bajo tierra parecía ser mucho más ameno.
Fría, dolorosa, letal, así se nos mostraba siempre la luna, y a quienes
soportamos la furia helada de aquella desventurada noche y sobrevivimos luego
para dar testimonio de las perfidias cometidas —me doy cuenta ahora— nos sería
destinada una eternidad en el infierno tras una dolorosa y longeva vida de
redención.
Grandes carámbanos colgaban de los arcos de
las puertas, de los techos y de las rendijas por donde penetraba el viento. Si
alguien se quedaba quieto por mucho tiempo, ese aire concentrado empezaba a
formar pedazos de hielo, más o menos largos y puntiagudos bajo sus
narices. Las sacerdotisas tullidas y temblorosas que presidían el parto
arrojaban huesos a irregulares círculos pintados en el suelo con sangre de
becerros para presagiar la hora del nacimiento; pero conforme los huesos caían
inmediatamente se congelaban o eran arrastrados por los fuertes vientos que
arremetían contra la torre. Las mujeres suelen morir durante el parto. Aún en
nuestros tiempos pasa con mucha frecuencia y hasta en las cavernas de un
calabozo como este llegan tales noticias. El don de traer vida concedido por
Dios nuestro señor es un Honor que reclama sacrificios, y esa fría noche, las
sacerdotisas que atendían el nacimiento no eran más que vulgares parteras que
muchas veces sólo habían conseguido traer
al mundo crías muertas.
Mi madre grito de nuevo, el dolor aumentó.
Y
por Dios, ¡Cómo sufrió mi madre esa noche! En ocasiones, sacaba fuerzas para
contener su dolor, pero en otras parecía que sus caderas terminarían cediendo
ante la fuerza del príncipe nonato. Cuando los gritos cesaban, un silencio
desgarrador se extendía por todos los recovecos de la vieja torre. Era entonces
cuando su esposo escondía su enorme cabeza entre las rodillas como si fuera un
chiquillo que se ocultara de hordas enemigas. En el fondo, entre la angustia y
el miedo su deseo no era más que oír el eco de su primogénito propagándose a
través del silencio. En aquellos intervalos de calma no era raro confundir el
chillar de las ratas amplificado por los vientos con los agudos gritos de un
recién nacido, y muchos alzábamos la cabeza repetidamente llenos de esperanza e
ilusiones creyendo en tal error, hasta que los gritos de mi madre rompían de
nuevo en agonía para obligarnos a todos
a hundir nuestras cabezas buscando sosiego con el ardor de muestras
oraciones.
—Mi
señor, es mejor que vuestra humanidad espere bajo el seguro abrigo de la
fortaleza— susurró uno de sus criados.
Pero Roderick farfulló
algo ininteligible, movió la mano en un ademan despectivo y un impulso de tos
le acosó bruscamente; tardó un momento en reponerse, escupió a la tierra, nos
miró fríamente y con un orgullo renovado se irguió firme en su silla. Roderick, el desgastado líder del clan y señor de las tierras hasta
los bosques del norte dio a entender que no se alejaría ni un solo paso hasta
que su hijo, varón con ayuda de los dioses, alumbrara finalmente este mundo.
Pero su criado, un hombre viejo y zalamero hasta los dientes de nombre Belgum
tenía razón; el Jefe no se encontraba en condiciones de esperar y soportar el frío en sus huesos, y menos de gastar sus energías en oraciones a dioses que no
escuchaban. El descompuesto jefe estaba
enfermo. Demacrado. La sensación de la muerte ya no era una sombra que lo
persiguiera; al contrario, era por más un demonio al acecho. Necesitaba un hijo
pronto, un sucesor que mantuviera su legado unido, alguien que lo perpetuara, o
mejor aún, pensó: un recipiente donde reencarnar, un nuevo cuerpo donde su alma
se posara para continuar disfrutando de mi madre y de la grata y delirante
tarea de asesinar.
— ¿Qué hacer Belgum? —Pregunto Roderick — Mi hijo debería
haber nacido ya, pero en cambio, esa mujer pareciera querer retenerlo en sus entrañas
para que se pudra. ¿Acaso los Dioses
reclaman algo? ¿no están complacidos? —Y esas repugnantes sacerdotisas, ¿Qué hacen, para qué demonios las traje?
—Todo señor —respondió el criado. —hacen cuanto pueden,
no hay razones lógicas para que vuestro hijo no se encuentre ya entre
nosotros. Quizás sí —y se detuvo un instante reparando de pronto
en mi presencia. —Un sacrificio; si mi
señor, quizás un sacrificio sea del agrado de
los dioses, la vida de un niño a cambio de otra, es lo que reclama el
ritual ¿no?
INSTINTOS
Debéis
saber que soy el dibujo de una salamandra pero que no soy una pintura
cualquiera. Os aclaro que estoy dibujada sobre la blanca piedra y que fui
pensada para decorar este cuarto que en ocasiones pareciera más un ligero
bosquejo que el lugar donde alguien debiera reposar todas las noches. También
es verdad que de vez en cuando lloro, y lo hago porque la ausencia de mi amo me
duele sobremanera. Pero hoy no voy a hablaros de él; por el contrario, os
contaré un poco más de las verdades de su espacio. Mi morada.
Antes
de empezar os pido disculpas por no presentarme correctamente; como habéis
escuchado soy la salamandra y seré lo primero que veréis cuando abráis esa
puerta. Soy negra como la noche, pero de mi piel grandes manchas amarillas se
desprenden como los rayos de luz que a medio día iluminan vuestras cabezas; así
que si me veis tened cuidado: mis colores advierten que el veneno se agita por
mis venas. Estoy pintada sobre una gran circunferencia color marrón que quizá
no signifique demasiado, más creo fue sólo el capricho de mi amo lo que le
impulsó a plasmarlo. Convencida estoy también que al notar la soledad de mi
entorno quiso enriquecerlo, y acertadamente dispuso burbujas de jabón a mí
alrededor, (digo de jabón porque así me gusta imaginarlas) y para hacerlas más
llamativas y especiales, sobre cada una de ellas colocó las fotos de sus
mujerzuelas amadas, sospecho ahora para que yo, al verlas, no vaya a
envenenarlas.
Aclaro
que no soy la única extrañeza de este recinto ni su peculiaridad más preciada. Es
cierto que soy la que goza de mayor excelsitud por mi belleza y tamaño, pero
las distracciones abundan en este cuarto y ocasionalmente soy desplazada de sus
más recónditos pensamientos, claro, eso y cuando la fortuna lo trae de regreso.
A mi izquierda se encuentra ubicado su escritorio, pulcro y alineado, uno de
esos antiguos escritorios de cajones grandes y robusta madera que recuerdan
hermosos robles, y a decir verdad, siento constantes celos cuando pasa horas
allí sentado. De igual forma sucede cuando me da su espalda y se concentra en
ese extraño aparato que pareciera invocado desde el mismísimo infierno: atraído
por la tentación y el vicio se postra al borde de la cama y la realidad se
difumina de sus ojos con esas imágenes que transcurren pálidamente. Entonces,
eso que llaman realidad virtual lo absorbe por completo y muy rara vez se
voltea para recordar mi belleza y degustar su creación.
Pero
aquellas cosas, vanas y materiales no son lo que más me hincha de rabia, puesto
que aquellos fútiles instrumentos jamás podrían enorgullecerlo tanto como yo.
Es por el contrario un pequeño muñeco de trapo que alguna perendeca le regaló
en uno de sus constantes viajes lo que realmente logra desquiciarme, y aunque
él arguya entre sus allegados que sólo lo conserva como un aislado recuerdo,
soy yo la que realmente sabe qué tan hondo cala esa cosa dentro de su alma. Es
en las noches, cuando se recuesta bajo mi regazo, cansado y consumido por la
tenacidad del día, que se queda largas horas admirándolo, e hipnotizado por el
color sucio y desteñido de aquella infame baratija, un color insípido que en nada
se compara con la majestuosidad de mis líneas, que puedo notar cómo se pierde
dentro de sus pensamientos. Entonces, la pregunta de repente retumba con fuerza
dentro de esta habitación:
¿Qué
tan lejos sueña mi amo?
Conocéis
ahora un poco más el lugar donde habito, el resto no es más que madera muerta y
piedra caliza, aunque de esto saco ventajas, sobre todo cuando escucho crujir
la madera bajo el peso de un cuerpo que se aproxima. Así, sutilmente, puedo
volver mis ojos a su posición original y dejar de contemplar los insectos que
seductoramente revolotean alrededor de la bombilla, o de aquellos que
tercamente insisten en chocar contra la transparencia de la ventana. Conocéis
también un poco de mí y de las preferencias de mi amo, pero lo que no os
confesé y de lo cual espero guardéis el secreto, sin razón de que lo
comprendáis, es que a veces, cuando pasa largas horas contemplando aquella
inmundicia entre sus manos, en contra de la fidelidad y el respeto, me nacen
sinceros deseos de envenenarlo.
CRÓNICAS CIRCENSES
| Foto de La luna que hay en ti |
LA GUERRA DE LOS ENANOS
Esta noche es la velada de la princesa de las bestias. En las calles se dispondrán antorchas al paso de las caravanas, se recogerán las hojas secas de los helechos viejos para ser quemadas y hogazas de pan serán dispuestas en cada cabaña para reverenciar a los muertos. Hoy seremos muchos los hombres que lo celebraremos. Esta noche, el espejismo que separa la ficción de la realidad desparecerá; los recuerdos, esas esencias que han estado viajando a lo largo de la tierra regresarán de nuevo a su matriz y las memorias terminaran abriéndose huecos en la tierra para anidar allí. Será entonces cuando todos experimentaremos la furia de aquellos remotos tiempos; luego en la mañana, nuevamente los olvidaremos.
Aníbal, mi carcelero, quien ha estado custodiándome
desde que él mismo tiene memoria, asegura
que estas celebraciones no son más que una excusa para la perdición, para que en los burdeles se engendren más vilezas
y los asesinos anden libres por las calles como perros al acecho, olisqueando entre
la lluvia y el lodo una coartada perfecta para su agresión; insiste en que el
alma sólo puede salvarse controlando los impulsos de la carne y que bebiendo y
fornicando no se puede rendir homenaje a nadie, que los muertos, perdidos están, que sus espíritus se pudren y
deshacen a medida que cruzan el paso hacia el infierno, y menos, que la magia pueda remover la tierra
de los muertos ni provocar hechizos en los ebrios. Sólo Dios sabe si él tiene razón, pero aun y con todo eso, esta noche yo también celebraré; cuando comience la ceremonia y los hombres
empiecen a perder el control, cuando las cuencas de cerveza empiecen a agotarse
más rápido que las reservas en tiempos de guerra y la lluvia arrecie con toda
su bravura sobre las crías muertas, en el momento en que el caos se apodere de
las calles y todos compartan la misma visión de los espíritus, entonces yo me
uniré a ellos, brindando con una copa de
vino tras las rejas. Será suficiente para mí. Sí,
esta noche, festejaré yo también su velada.
Los tiempos ya no son generosos, nunca como lo
fueron antes, mi cabello se ha ido cayendo desde que fui encerrado, mis huesos
han empezado a doler y extrañamente las ratas han venido muriendo de inanición,
aunque los fetos, siguen apareciendo. _ Varón, la ocasión suelen pintarla calva ¿Entiende?_ Repetía don Alberto cuando daba a entender
que los tiempos son inexorables. Supongo
que yo también estoy viejo ya. Además
pensar en él, me llena de nostalgia, y eso con los años, aumenta el dolor.
Este es un relato con nombre propio, el de un
hombre lleno de dádivas y traiciones, de luchas, carnavales y quimeras,
y tal vez sólo esté interesado en escribir esta historia para devolver la vida a
ese gran espectáculo que estará presenciándose con seguridad en el infierno. Aparte
de eso, estas hojas sólo servirán para que las ratas tengan un lugar más limpio
y decente donde defecar, para que quizás más fetos crezcan entre ellas y la
placenta sólo sirva para invocar mas maldiciones que alimenten estas pútridas tierras, pero seguro estoy que
ni siquiera Aníbal perderá su tiempo conociendo esta historia, así que
sin más interés para nadie, mi labor sólo
tendrá importancia más que para mí y tal vez para las ratas. Cuando acabe la
noche y despunte la mañana y la ridícula velada haya terminado, entonces yo
ofrendaré un brindis por esos alcohólicos que se descuidaron y pasaron al mas allá
por un paso en falso, por las esposas, hijas, madres y hermanas ultrajadas y
asesinadas brutalmente; por los ancianos desconsolados que murieron de temor al
descubrir los caminos extremos que sus hijos varones escogieron, pero sobre
todo, rezaré porque los huérfanos que abundarán en la mañana crezcan libres de
pecados y no cometan los mismos errores de sus padres.
Las primeras gotas de la noche han empezado a caer, Aníbal ya me conoce
lo suficiente, así que me deja la copa de vino en el suelo para que escribir
sea un acto placentero. “Espero que esta
noche te inspire ese viejo del que tanto
hablas” se aleja entre carcajadas mientras miro el techo cavernoso,
deseando con dolor que sus palabras surtan efecto. Suspiro. La lluvia, alimenta mi nostalgia.
Continuación ....
Continuación ....
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