ORBIUM MUNDI

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  “La luz empezó a declinar lentamente al principio
                                           Y más a aprisa después.  Estaban en la  franja
                                                              Del crepúsculo.”            
                                                                Salman Rushdie.
                                                                                   Harún y el mar de las Historias.
      
Lluvias y vientos lo acompañaron desde su partida, nubarrones del tamaño de fortalezas rugían sin cesar y desde el oeste se oían murmullos de tormenta. El navegante sabía que aquella turbulencia era un presagio que aún no alcanzaba a entender.  El Orbium Mundi  avanzaba con rapidez hacia el este, en medio de un océano irascible que lo azotaba y lo hundía en una constante oscuridad,  sacudiéndolo ansiosamente de arriba a abajo hasta que el crujir del maderamen  se hacía insoportable. Marineros y tripulantes trabajaron con brío y durante días, acosados por la incertidumbre y el hambre, se esforzaron en mantener la carabela en marcha,  aunque la lluvia cayera sin cesar y el mundo se deshiciera en agua.
     Fue  Enrique el Navegante, quien en un pasado cristalino que se difractaba bajo una cortina de agua, consiguiera los más grandes avances marítimos de su época, y quien con sus expediciones, muchas veces comandadas por terceros, permitieron la expansión del imperio Colonial Portugués hacía nuevas fronteras comerciales, cuando la ruta de la seda estuvo prohibida tras los viajes de Marco Polo, y la conquista de Ceuta le convirtiera en Caballero años atrás;  y si, cierto es también, cuando el Oro y las especias eran más importantes y valían mucho más que cualquier vida humana.                                         
     Amante de la ciencia y de la navegación,  instauró una Corte que sin saberlo sería una leyenda que inexorablemente: Años, decenios, siglos después, se terminaría convirtiendo en mito;  y fue allí, en Sagres  cuentan donde inauguró el primer Observatorio Astronómico de Portugal, y donde día tras noche con apasionada lucidez, nunca dejó de escudriñar el horizonte infinito.  El navegante que estudia las estrellas  —dijo a sus hombres en una ocasión y con la tormenta a cuestas —es como un ciego que se arrastra con la ayuda de un bastón: Avanzará nervioso, tropezará, se apoyará en el,  y finalmente suplicará al cielo en su angustioso caminar. Así, cuando el mar desconocido tuvo la osadía de desafiarlo, él decidió enfrentar con vehemencia esta, su última exploración.
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      Pero a Enrique poco o nada esto le afectaba. Su mente seguía siendo lo suficientemente joven para fascinarse incluso por su actitud cercana a la muerte. En su mente siempre resonó el murmullo que lo había estado acompañando allí, a lo largo de sus viajes, acechándole como una sombra inmóvil, envolviéndolo mientras luchaba contra las fuerzas adversas que suponían las leyendas. (Porque el hombre que se convierte en leyenda ha sabido alimentarse de muchas quimeras más)  Historias que aseguraban a lo lejos, más al sur de Marruecos, grandes peligros a la espera de quien se atreviese a superarlos. Susurrándole al oído como un escalofrío cuando resolvió navegar en contra de las doctrinas de Ptolomeo, quien dibujaba desde la antigüedad un sólo amasijo anormal y turbio entre Asia y África, donde la extensión real de la masa continental había sido desde entonces un acertijo indescifrable. Y por último y no menos turbulento estando ahí, mientras soslayaba las supersticiones que aseguraban la existencia de un Mar Tenebroso, una orilla al final del todo donde la vida era un imposible e infaliblemente se terminaría cayendo hacia la nada.  Pero como era de esperar de tan intrépido pensador y aventurero, poco o nada esto le Importaba, y para su placer, en las noches, en lugar de descansar, contemplaba los cielos enredándose en interminables discusiones consigo mismo.  La falta de claridad amigo mío  —se decía—  hace entender que los hombres necesitan respuestas, caminos de fe, mitos o  mentiras si ha de ser necesario.
     El Orbium Mundi navego día y noche rumbo al este, la primera carabela redonda de su clase en navegar por aquellos océanos inexpugnables; de casco ligero y afinado como el pico de un halcón, adaptada y veloz para ganar barlovento. Poderosa en su castillo de popa y cargada de tres mástiles altos y fuertes que la hacían majestuosa ante los ojos de cualquier mortal, capaz de navegar como ninguna otra jamás a una velocidad alucinante, un navío de ensueño proporcional para tan grandioso hombre, porque para Enrique El Navegante: Infante, Príncipe de Portugal, Primer Duque de Viseu, Caballero nombrado y Gran Maestre de la Orden de Cristo que sucedió a la Orden del Temple, no le bastaban los títulos ni el tiempo, ni las vidas de los hombres que le continuaron o los monumentos erigidos a su nombre, ni siquiera la historia aun no escrita y por escribir para ver realizados sus sueños, aunque esta última exploración y tan majestuosa embarcación jamás hiciesen parte de tan titánica  leyenda; y cuando Enrique ya no estuvo tan seguro de estar en el Este o en el Oeste, divisaron ingentes montañas de hielo, bahías salvajes, enormes cantidades de aves multicolores que parecían islas, mujeres desnudas como habían sido paridas y hombres furtivos que pintaban sus rostros con fuego.
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     Pero lejos de aquellas maravillas por recordar, cuando parecía que el camino a casa estaba en aquel sentido contrario, un cielo amarillento y brumoso lleno de ruinas se cernía sobre él; finalmente el tiempo se volvía contra ellos y en medio de un Mar Tenebroso se elevaba una tormenta qué como un oscuro animal los alcanzaba con sus bramidos.  ¡Arriad las velas! No dudo en Ordenar el Navegante al recordar el vacío al final del todo.  Cada enorme ola que reventaba en proa bajo aquel cielo infernal y amenazador se llevaba  consigo hombre tras hombre.  ¡Sujetadlas bien!   Gruñía aferrado al mástil, viendo impotente como cada parte de la carabela misma se deshacía.   ¡Resistid!  Los enormes pedazos que se desprendían parecían criaturas monstruosas. — ¡Aguantad!  Aves gigantescas con resplandecientes alas negras que arrastraban consigo gritos e injurias,  rugidos enormes y terribles como si el firmamento verdaderamente cayese sobre ellos en aquella oscura mar.
     Al amanecer, el sol recobraba de la oscuridad los pocos fragmentos del Orbium que aún resistían, exhausto Enrique se aferraba a un trozo del mástil, se sentía viejo nuevamente y su esplendorosa lucidez se había esfumado por completo, apoyado su rostro largo y amarillento sobre la carcomida madera dirigía su mirada hacia el este, implorando ver en un suspiro la tierra de sus fantasías: Sagres, la corte a la que esperaba volver. Pero caprichosamente las nubes se encapotaban de nuevo y sediento, miraba directo a la tormenta.                                                

FUEGOS FATUOS

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                                                                                                                                               Paisajes llaneros 


Meses atrás, mientras dos hombres luchaban por dominar la bravura de un becerro que se resistía a ser dominado, una extraña figura, observaba atento el divertido forcejeo que se libraba entre las tres bestias. Una batalla campal de lodo y arena que pronto dió termino con la aparente audacia de la bestia más artera, que aprovechando la torpeza de los peones, logró embestirles con salvaje furia y en excitada marcha continuó hacia ese ser que dominante que se erguía en el horizonte. Pero la robusta silueta, inamovible y estática, consiguió dominar la rabiosa embestida del becerro y con estilizada brutalidad logró darle vuelta arrojándolo sobre su lomo, y este, podría decirse, tan impresionado quedó ante la inhumana fuerza que lo había conquistado, que vencido se resistió a seguir luchando, y cuando llegaron los dos peones con sus chaparreras para atar al becerro, mayor fue su sorpresa al notar que el heroico personaje no era más que una robusta mujer de rasgos indígenas, y tan confundida estaba la pobre mujer después del brutal acto, que al reaccionar minutos más tarde se vio rodeada de hombres que en vitoreo y coquetería la condujeron ante el capataz, señor y dueño de la Hacienda. 

El Patrón, un minúsculo individuo. Alabado dueño de tierras y amo indiscutible de sus hombres, quien nunca contrajera matrimonio por su repelente aspecto -mofletudo y calvo- tan excitado estaba ante la amazónica dama, que ni siquiera los elogios de sus servidores, hombres toscos e ignorantes, hicieron falta para que su interés en ella empezara a incrementarse, y terminada la breve charla donde más atención puso a sus  membrudas piernas que al relato de la india lejos de su tribu, sin titubeo alguno ordenó a sus arrieros llevarla a los establos: ¡Que ella sola se encargue de las bestias!  Expresó en viril gesto, empuñando su mano a la altura de su pelada cabeza.

       Fue así como Caucaman, nombre que en su lengua natal significa gaviota y cóndor al mismo tiempo,  entre gritos de alegría y uno que otro manoseo fue aceptada en aquel recinto de hombres apestosos y malhablados. Y por algún tiempo, aquella condición de divinidad de la cual gozabá desde su nacimiento entre la gente de su raza, desafortunadamente fue representada en este nuevo contexto.

     Pero más que ser un fenómeno de circo, Caucaman era un preciado tesoro de la hacienda. Una exótica perla que se embellecía cada vez más dentro de la hermética cocha de la cerca. Y aunque cruel pareciera el trato y el aislamiento confinado que su amo le imponía, para ella no era más que la  protección contra la curiosidad aberrante de la chusma; por otro lado, esto no implicaba que el trato de todos hacia ella fuera amable y decoroso, así que los apelativos de: Mastodonte, maturranga, casihombre, empezaron a ser constantes peyorativos que las criadas de la casa inferían celosas al ver como sus hombres se excitaban cuando a ella  le tocaba lidiar con algún bovino descarriado, o más aun al notar que en las noches, el deseo frenético de sus maridos al evocarla, se sacudía furiosamente bajo las sabanas ocasionando gran deterioro en los cimientos de la hacienda; así que ofendidas y encrespadas se apresuraron en rebaño por tan libidinoso acto y ante el pigmeo jefe se quejaron. Pero el incipiente capataz,  lejos de interesarse en el descontento de las matronas o en el deseo destructivo de sus hombres, ordenó de inmediato reforzar una a una todas sus bases.

      Toneladas de madera, cemento y arena llegaron a raudales y fueron repartidos entre los culpables que sin demora alguna comenzaron los reparos. Se resarcieron vigas, se asentaron puntales, lo que había que desbarrumbarse se echo abajo y cuando fue necesario se levantaron paredes con cemento reforzado. Además, una restauración especial tuvo que llevarse a cabo en el mismísimo cuarto del capataz, que según comentó uno de los peones días después del ajuste "Poco faltó para que metro y medio de carne y hueso (sin olvidar grasa) quedaran sepultados bajo piedra, madera y tejado". 

       Cierta noche, Caucaman despertó alterada por gritos que venían de la casona. Los hombres corrían detrás de los animales que de una u otra forma habían logrado escapar de sus corrales; los peones al verse atacados, descalzos y en pantaloncillos arreaban las sogas por encima de sus cabezas intentando darles caza. Sus esposas que también hacían parte de la sublime escena,  no mejor vestidas ni menos tapadas corrían de un lado a otro perseguidas por los animales que extrañamente las habían elegido como blanco de sus furia. Algunas de ellas apenas estaban conciliando el sueño cuando sorprendidas por batracios y polluelos, no tuvieron más elección que salir huyendo con los pocos trapos que llevaban puestos perseguidas por gallinas, ranas, patos y cerdos.  El grotesco cuadro se repetía por doquier en toda la casona, y Caucaman, sabiéndose la varona de la hacienda (título honorifico que ella misma, en secreto, se había impuesto) próxima estaba a brindarles su auxilio cuando el gordo y feo capataz apareció de repente montado en su caballo, un enorme semental que lo agigantaba de forma absurda. Con machete en mano y no más que un overol medio puesto sin abotonar le ordenaba ir tras las reses que habían conseguido huir a campo abierto. Caucaman dudó. Volvió su vista queriendo participar del insólito ruedo pero ante la orden perentoria de su patrón, le siguió con pesar mientras contemplaba cómo la matrona más vieja de la hacienda, envuelta en plumas, zarandeaba sus patas ante el definitivo ataque de  los pollos.

       En medio de la oscuridad, ella, sumisa e inocente inicio la búsqueda detrás de su amo. Caminaron bastante aunque poco fue el esfuerzo que tuvo que hacer para seguir el trote pesado del penco, que más lento hacía su andar a medida que adentraban en el campo; pero varios minutos después, cuando los gritos de la hacienda dejaron de llegar y sólo se escuchaba el ruido natural del llano, un silencio arrullador, Caucaman comprendió que las escurridizas reses no existían.  La sonrisa depravada del hombrecito lo confirmaba todo. El capataz se bajó de su alzaban y lentamente se fue acercando a ella.  Así de gordo y pequeño, pensaba, parecía tan inocente e indefenso como un regordete niño esperando cometer una travesura frente su madre.  Pero cuando se fijó mejor ya la sonrisa había abandonado su rostro y daba paso a un grotesco gesto de codicia; se detuvo a pocos centímetros,  puso su dedo en la boca en señal de silencio,  y luego con mano temblorosa pero recia al mismo tiempo apretó fuertemente sus nalgas. Caucaman no reaccionó, no sabía cómo hacerlo, no en esa situación; sólo escuchaba el silbar del los grillos, el sonido del silencio mientras cerraba sus ojos y sentía el contacto trémulo de su amo. El pequeño hombre no estaba para esperas ni aprobaciones, sintiéndose dueño de la exótica india, continuó con su avariento acto y traslado aquella misma fuerza a sus voluptuosos senos, comprobando lo generoso de su carne.  Caucaman nunca había sido tocada de aquella forma. Jamás hombre alguno había mostrado interés en poseerla; en su tribu, dada su condición de deidad adquirida desde el instante mismo de su nacimiento, hicieron de ella un ser prácticamente indeseable; así que vencida por los placeres y la necesidad de sentirse amada en aquel instante se dejo caer sobre el césped y se permitió disfrutar de la fogosidad jadeante, olorosa y apresurada del primer hombre que en su vida la hacía humana.  Los ojos de victoria del Mofletudo se abrieron aun más de lo que ya podían y ante el enorme espécimen se abalanzó. Con frenesí le rompió sus vestimentas y se amamantó como un crio hambriento de su ampuloso pecho, con mas furia aun empotró su mano bajo la falda a medida que sus babosos labios la llenaban, y excitada, ella ya no pudo detenerlo; pero cuando el patrón se frenó segundos después y sus miradas se cruzaron, Caucaman pudo vislumbrar cómo sus ojos adquirían el brillo opaco de la incertidumbre.  No hacía falta explicar lo que el capataz  ya  había comprendido.  Lo que no debería estar, allí se encontraba.

LA ESCLAVA DE ARZÚ

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                                                                                                                                              Foto Bazar  

Si el mundo otrora devastado por siglos en guerra era una turbia realidad difícil de entender, Arzú en cambio era una encantadora fantasía fácil de aceptar. El Sultán y su ejército regresaban a casa como un soldado regresa ansioso a los brazos de su madre.  La ciudad era por sí misma un mundo de ensueño, embalsamada por la astucia de un hechicero para deleitar a quienes quisieran apoderarse de ella, para que, enamorados, enloquecieran como amantes correspondidos. Un mundo consagrado a Alá, el dios supremo, pero un mundo más allá de la religión, de las tribus y de los clanes. Aquí estaban las mujeres más hermosas del mundo y todas ellas hacían parte de su harem; aquí se hablaban más de cincuenta dialectos. Aquí, cada semana, en el gran mercado del reino se aglutinaban Hakas, pechenegas, mongoles, kumanes, ghuz,  persas, Abbasidas, ganevidas, Osmalies, tártaros y un interminable etcétera. Aquí, comerciaban y se relacionaban. Aquí, se estipulaban consorcios y deshacían. Aquí, bajo las tormentas abrazadoras de la arena, se paseaban tuaregs con su séquito de esclavos. Aquí los maridos consentían que sus mujeres exhibieran el oro que los certificaba como hombres ricos. Aquí y sólo aquí, en la ciudad que fuera arrebata a los infieles por su antepasado Mehmed el conquistador como ordenanza del mismísimo Mahoma, se alzaba la más célebre mezquita del imperio, una obra levantada en su conjunto con el barro de la sabana.  Un monumento ocre y severo que debía ser remodelado cada año al concluir las tormentas. Un santuario al Dios de los musulmanes, un santuario al que no tenían paso los infieles, y que disponía de tres entradas, una para los ricos, otra para los pobres y una tercera para los conversos. Su poderoso imperio se expandía entre todas las tierras conocidas por el hombre y tras cada conquista, el Sultán, conocido entre sus enemigos como el magnífico y entres sus vasallos como el codificador, daba la orden de convertir sus iglesias en mezquitas para agradecer a Alá por sus bendiciones. El Sultán, sabio y astuto, se percató que imponer nuevas creencias entre ortodoxos griegos, judíos, católicos y protestantes provocaría rebeliones difíciles de controlar incluso para un Monarca Universal; por eso había tomado la  decisión de  permitir que  sus nuevos  vasallos  mantuvieran sus costumbres más arraigadas.
      Con tal de que me juren lealtad —dijo a su corte en una ocasión. Sus almas podrán pertenecer al dios que se les dé la gana. Un Sultán podía ser un mago en el mundo real, pero así mismo también podría ser un hechicero en un universo soñador, y por derecho divino y poder terrenal, podría ser el Sultán de dos imperios contrapuestos. Uno fiel espejo del otro. Uno que durante el día se expandía conforme a sus campañas y conquistas preconcebidas con astucia y malicia en el reino de sus sueños, y otro, que en las noches rivalizaría en envergadura y magnificencia con Arzú, aunque la ciudad, ambiguamente, fuera la capital de sus dos reinos, puesto que en ella vivía su amada Roxelanne, la esclava de sus sueños. La única parte del mundo donde podía soñarla y hacerla real.
         —La mejor forma para que una mujer pueda satisfacer a un hombre —decía el magnífico es conociendo las artes del encantamiento y del placer. Debe saber escribir. Hacerlo a la perfección. —El Sultán era amante de la poesía; podía escribir inmediatamente un poema de amor a su mujer tras matar a mil hombres con sus propias manos. —Debe saber dibujar  —continuaba— producir música con copas de vino y naturalmente debe ser una virtuosa en la disciplina de enterrar las uñas en la piel. Y Roxelanne o Hürrem —como le gustaba llamarla en sus sueños y que en la lengua onírica de el magnífico significaba sonrisa— era la única capaz de utilizar tal arte en el arte del amor, logrando producir gozo donde debería manar dolor, consiguiendo mansedumbre donde debiera brotar locura; y es que cada mañana, al despertar y dirigirse a las albercas reales para que sus otras esposas  lo ungieran con distintos aceites y fragancias: Algalias, violetas, magnolias, azucenas, fluidos extraídos de la savia de árboles turcos, chipriotas y chinos, sus esposas, hermosas y bellas pero menos hábiles con las manos, contemplaban con recelo las marcas de ungulación que Roxelanne le producía en las noches, marcas de uñas que mágicamente penetraban en la piel del Sultán más profundo que las flechas y las espadas del enemigo. Si hubiesen podido eliminarla lo habrían hecho sin consideración alguna. La odiaban por robar sus privilegios. ¿Cómo podía preferir el magnífico, Shaa en Bagdad, César en Bizancio y Sultán en Egipto, la compañía de una mujer Intangible? Tanta era la obsesión de el magnífico por la amada de sus sueños que decretó una ley para que cada vez que su nombre fuera pronunciado en el Harem o en el resto del impero, se llamara a Roxelanne: la karima, nombre otomano que significaba «primera de entre las favoritas». Y así empezó a llamarse a la amante, que por obvias razones también era la Sultana de los dos reinos. La corte por el contrario prefería  llamarla en secreto la bruja.
            Aunque feroz y ambicioso, el sultán era lo suficientemente sabio para saber escuchar consejos, y su más próximo consejero era un esclavo de origen cristiano, su aliado de la infancia Ibrahim el griego, que fue escalando posiciones hasta llegar a ser gran visir del imperio. Su antepasado Mehmed, en cuanto hubo arrebatado la ciudad del enemigo promulgó dos importantes leyes: primero llamó a su tierra conquistada Arzú.  Segundo instauro la Devshirme, industria en la que se basaba el poder del Sultán: el Imperio reclutaba niños de familias cristianas, que después eran comprometidos a convertirse al Islam para ser adestrados como soldados de élite, con la esperanza de crear una clase de soldados leales sólo al sultán. Pero en el éxtasis de sus sueños, mientras el magnífico entretenía a la hermosa Hürrem con historias y hazañas de su fiel amigo, ella, insaciable y voraz, pretendía cosas infinitamente más grandes y sobrehumanas, decidiendo secretamente el destino de Ibrahim.
      El griego, el hombre que lo sabía todo después del Sultán, los cincuenta idiomas extranjeros, los secretos a medio murmurar y las costumbres de los espías, la verdad sobre los cuarenta días de Jesucristo en el desierto, según se decía por revelación propia del Arcángel Gabriel. Quien conocía el tamaño de las estrellas, la historia secreta de Mahoma, junto con el número exacto de discípulos de su majestad, se encontraba una soleada mañana en el pabellón cuando recibió la visita inesperada de él magnifico. Reclinado en alfombras y almohadones, un hombre flaco y delgado como una espiga meditaba en silencio. El Pabellón, había decidido el Sultán, sería un templo revolucionario dedicado a la filosofía y las ciencias, y nadie mejor para presidirlo que el gran visir, su viejo esclavo y amigo. Sería un templo del silencio, donde sólo podía hablarse siguiendo la línea de pensamiento de el griego, y quien errará, inmediatamente sería colgado por insolencia e ignorancia. El Sultán esa mañana se sentía enamorado; quería recordar a todo su reino que él estaba por encima de los demás. Así que, uno frente al otro, en el vacío pabellón del silencio, a excepción de los dos hombres más poderosos del imperio, el reto comenzó. —Sólo cuando se acepta la muerte y que su proximidad es una realidad —Pensó el gran visir— tomaremos conciencia de las realidades de la vida y lo invalorable de esa verdad.  —Una contradicción mi viejo amigo —respondió el Sultán segundos después— pero una farsa al fin y al cabo, una farsa más con la que un hombre cualquiera podría  engañarnos a todos con supuesta sensatez; la pasión puede confundirse con violencia querido Ibrahim, vida y muerte, no son más que espejos contrapuestos, y dichas exageraciones de tales reflejos nuestros actos. En la muerte reside el sentido de la vida y todo se puede malinterpretar.
      Un tirante silencio se impuso en el pabellón. El visir hizo una mueca. Una gota de repente resbaló por su mejilla y sólo cuando el sultán soltó una carcajada  la tensión en su rostro despareció —Señor, vuestra sabia presencia constantemente nos ampara—.  Al día siguiente el sultán partió temprano en la mañana, no si antes disfrutar de las atenciones del gran visir. Tuvieron tiempo de recordar batallas y de disfrutar de los mejores vinos del imperio. Le encargó poner fin a una pequeña revuelta hacia el oeste y enfatizó el uso de cañones, una estrategia que Roxelanne le reveló en sueños anteriores pero que el sultán decidió no revelar  —Ahorrad fuerzas  —aconsejó el sultán antes de partir— desde ayer os veo algo tenso y cansado. 
               Imaginad —decía Roxelanne al sultán mientras caminaban por los jardines oníricos, deslumbrantes jardines incluso más que los colgantes de la antigua Babel— sí paseásemos en los sueños de otros hombres y descubriésemos sus más oscuros deseos? —Luego, ciñéndose sumisa y encantadora a él continuó en un susurro— ¿Si pudiésemos, de alguna forma, hacerlos uno con los nuestros, o si el mundo entero, irrumpiera en un solo sueño comunal?    —El sultán frunciendo el ceño la rechazó bruscamente con ambas manos           — ¿Habéis soñado con hombres? ¿Cuántos? —Le inquirió amenazante — ¿Acaso osáis entrar en ellos mientras yo conquisto tierras en vuestro nombre? ¿Hay hombres a quienes deba eliminar?  —La amistad no es norma por la que un sultán deba regirse  —acusaba Hurrem a el magnífico, optando ahora una posición desafiante —Esclavos y subordinados se rebelan ante mandatarios con ideales dignos de princesas y concubinas; el bueno de Ibrahim, vuestro consejero predilecto es el más firme candidato para sucederos. El bribón sueña con sanguinarios métodos de asesinato; le he visto, si,  soñando con «la Muerte de los mil y un corte». Atándoos a un poste, cortando luego sistemáticamente las partes de vuestro cuerpo, arrojando los pedazos mutilados a vuestros pies, para que consciente aún con la ayuda del opio, veáis con ojos propios cómo vuestro cuerpo se deshace. —Habiendo enterrado el aguijón, decidida estaba a inyectar el veneno— Un Soberano debe tomar en consideración el bien del reino por encima de la amistad.  Era verdad admitió en silencio el sultán; concebía demasiadas esperanzas en un esclavo y en la devoción de su afecto.  La noche siguiente, el griego era conducido a través del desierto ante su presencia. No, no estaba dispuesto a dejarse eliminar por un miserable. Él era el más grande Sultán de todos los tiempos. El gran shaa emperador de los sueños. No permitiría que ningún hombre jugara con él.

           Amanecía. Al otro lado del umbral, en la sublime Arzú, Hürrem, con velas de sebo en lamparillas de hierro  encendía las antorchas del palacio. El aceite ardía lentamente y su sombra por primera vez se veía reflejada sobre la piedra, como meditando en movimiento al compás de un ritual. Sabía que poco a poco se materializaba, que se hacía visible para muchos en cada uno de sus sueños, porque su coexistencia dependía de ello. En la Arzú real, la visión de dos hombres se ponía a prueba.  —Son muchos los secretos que os preceden —decía el magnífico— imposible es seguir confiando en un hombre cuya historia no es real. Ibrahim el griego sentía el frio de la hoja de metal oculta en su espalda. Contuvo la respiración. Mediante el uso adecuado de encantos, Roxelanne había logrado provocar que los dos hombres más unidos del imperio cayeran en sus brazos. Si un hombre había podido soñarla, a su debido turno todos los demás también. Los tiempos cambiaban y ella quería sobrevivir a esa metamorfosis. La magia, aprendió rápidamente, actuaba con premura sobre los hombres enamorados. Cuando le hacían el amor, sus fantasías eran lo que la alimentaban, y aunque tanto tiempo con soñadores románticos le habían desgastado, al final la respuesta se presentó: debía enviar el fruto de su propia fantasía al otro lado. Esta sería su historia y en sus entrañas se gestaba.